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CHIPS DE 2 NANÓMETROS,
¿CUÁNTO DURARÁ LA SEGURIDAD QUE COMPRAMOS HOY?

La nueva generación de semiconductores vuelve a ampliar las posibilidades de la inteligencia artificial. Para quienes invertimos, desarrollamos y trabajamos en tecnologías en seguridad, también plantea una pregunta incómoda: ¿Cómo recuperar una inversión cuando las condiciones tecnológicas pueden cambiar antes de terminar de amortizarla?

 

   Lic. Diego Madeo
   Director Ejecutivo - Garnet Technology

Hace unos años escribí una nota que comenzaba con un libro de mi biblioteca. Era un pequeño ejemplar de “Microelectrónica”, publicado en los años ochenta, que había comprado cuando iniciaba mis estudios de ingeniería electrónica. Al volver a abrirlo, me llamó la atención un título sobre computadoras, robots y nuevos medios que conquistarían el mundo. Aquellas páginas describían un futuro que, décadas después, ya formaba parte de nuestra vida cotidiana. Lo conté en “El mundo en aprietos acelera la evolución tecnológica”.

Hoy, al leer sobre los chips de 2 nanómetros, vuelvo a pensar en aquel libro. Y me surge una inquietud muy vinculada con nuestra profesión: ¿Cuánto tiempo tenemos para aprender, incorporar y recuperar lo que invertimos antes de que las reglas vuelvan a cambiar?

En seguridad electrónica, esa pregunta termina sobre una mesa de trabajo. Un empresario aprueba un presupuesto. Un instalador recomienda una solución. Una empresa de monitoreo incorpora equipos para crecer. Todos necesitan proteger algo hoy y sostener esa protección durante años.

La tecnología avanza con su propio calendario. Las inversiones tienen otro.

Durante el 2021, en la crisis de los semiconductores, nos preocupaba conseguir los componentes necesarios para fabricar. Hoy, además, debemos preguntarnos cómo acompañar durante años productos que dependen de un entorno tecnológico cada vez más complejo y dinámico

La llegada de los 2 nanómetros permite ponerle una referencia concreta a esta evolución. La taiwanesa TSMC informa que su proceso N2 comenzó la producción en volumen durante el cuarto trimestre de 2025. En su presentación tecnológica, la compañía describió mejoras del 10 al 15% en velocidad al mismo consumo, o una reducción del consumo del 25 al 30% a igual velocidad, frente a su generación N3. Son alternativas de comparación bajo determinadas condiciones, no beneficios que deban sumarse ni trasladarse automáticamente a cualquier producto. 

Conviene aclarar qué significa el anuncio: hablamos de una generación de fabricación con la que pueden producirse distintos chips. La denominación “2 nanómetros” no describe el tamaño del procesador completo ni una medida exacta de todas sus partes. IBM ya había presentado tecnología experimental de 2 nanómetros en mayo de 2021; la producción industrial de TSMC constituye otro hito, con su propio desarrollo. 

La carrera sigue: en junio de 2026 IBM anunció una tecnología experimental de 0,7 nanómetros, basada en transistores apilados, y señaló un posible camino hacia la producción dentro de los siguientes cinco años. Hay que distinguir una demostración de laboratorio de un producto disponible. Pero la superposición de etapas es reveladora: mientras una generación llega a la industria, otras ya se están preparando. 

Desde nuestra actividad, veo en estos avances posibilidades para procesar más información, ejecutar análisis complejos y mejorar la eficiencia. Su impacto puede llegar a través de servidores, plataformas de video, aplicaciones y herramientas de inteligencia artificial. Una alarma no necesita incorporar el procesador más avanzado del mundo para cumplir correctamente su función. La transformación también ocurre en los servicios que la rodean.

Lo que me preocupa es cómo se acumulan los cambios. Mientras incorporamos conectividad, aparecen nuevas exigencias de ciberseguridad. Mientras adaptamos una plataforma, surgen capacidades de análisis que modifican lo que el cliente espera. Y mientras capacitamos a los técnicos, vuelven a cambiar las herramientas.

No todos los avances llegan antes de lo previsto: requieren años de investigación e inversiones enormes. Sin embargo, su combinación está rompiendo esquemas de trabajo más rápido de lo que muchas organizaciones consiguen adaptarse. La idea de comprar, instalar y dar por resuelta la tecnología durante una década necesita una revisión.

Pensemos en una instalación de seguridad. Sus detectores pueden conservar un desempeño adecuado, el cableado estar en buenas condiciones y las sirenas funcionar correctamente. Sin embargo, el comunicador puede depender de una red que se retira, o la plataforma dejar de recibir actualizaciones. Si el diseño permite reemplazar ese módulo y conservar el resto, la inversión puede seguir dando servicio. Si obliga a sustituir todo el conjunto, el costo de adaptación cambia por completo.

Un equipo puede seguir encendido y, aun así, haber dejado de ser una solución adecuada.

Por eso considero que debemos distinguir tres duraciones: la física, hasta cuándo funciona el equipo; la tecnológica, hasta cuándo conserva soporte y compatibilidad; y la operativa, hasta cuándo responde al riesgo y a la necesidad para los que fue instalado. La amortización contable puede continuar aunque alguna de esas condiciones ya se haya perdido.

¿Cuánto debería durar entonces una inversión? Prometer cinco, ocho o diez años para cualquier sistema sería simplificar demasiado. La respuesta depende del ambiente, del mantenimiento, del riesgo, de las comunicaciones y de los compromisos del proveedor. Un horizonte de diez años puede ser razonable para planificar una instalación, siempre que contemple recambios parciales, revisiones y presupuesto de mantenimiento. No equivale a exigir que cada componente permanezca intacto durante diez años.

El soporte debe tener fechas verificables. Antes de comprar, deberíamos conocer hasta cuándo habrá actualizaciones, qué sucede si se retira un servicio y qué partes podrán reemplazarse. Una promesa genérica de durabilidad aporta poco si nadie puede explicar cómo se sostendrá.

Desde mi responsabilidad en Garnet, creo que esta discusión también nos compromete a quienes desarrollamos tecnología. Debemos pensar en actualizaciones, documentación, disponibilidad de repuestos, compatibilidad y caminos de migración. El cliente necesita saber qué podrá conservar cuando llegue el próximo cambio y cuánto le costará acompañarlo.

También debemos revisar cómo calculamos el valor. Al precio inicial hay que agregar instalación, mantenimiento, licencias, conectividad, capacitación, actualizaciones y eventuales migraciones. En una empresa de monitoreo, además, una visita técnica evitable o un recambio masivo pueden afectar la rentabilidad de toda una cartera. El costo relevante es el de sostener la protección durante el período previsto.

Una inversión sustentable requiere elegir componentes reemplazables, integraciones documentadas y un proveedor capaz de acompañar su evolución. Requiere presupuestar el mantenimiento desde el comienzo y revisar periódicamente si el sistema sigue cumpliendo su función. Conservar infraestructura útil también permite reducir desperdicios y evitar reemplazos innecesarios.

Tampoco alcanza con trasladarlo todo a la nube. Podemos facilitar ciertas actualizaciones, pero agregamos dependencias de conectividad, suscripciones y continuidad del servicio. Esa decisión necesita evaluar qué sucede ante una interrupción y cómo migrar si las condiciones cambian.

Cuando pienso nuevamente en aquel libro de microelectrónica, veo cuánto cambió la tecnología y cuánto permanece nuestra responsabilidad: ayudar a que las personas y las empresas estén mejor protegidas.

Los chips seguirán evolucionando. Nuestra tarea es lograr que esa evolución pueda incorporarse sin obligar al cliente a empezar de cero cada vez.

La pregunta que deberíamos responder al vender seguridad es esta: cuando llegue el próximo cambio, ¿Cuánto de lo que invertiste hoy vas a poder conservar?

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